Localiza el norte con precisión y dibuja el arco del sol en invierno y verano para anticipar entradas de luz, ganancias térmicas y posibles deslumbramientos. Sitúa actividades matutinas donde el este acaricie con suavidad, reserva el oeste para zonas de paso o protegidas, y permite que el sur alimente las estancias sociales durante el día. Documenta con fotos cada estación, registra horas y usa esa evidencia para tomar decisiones que se sientan correctas hoy y sostenibles mañana.
La claridad útil no depende solo del tamaño de la ventana, sino de la relación entre altura del hueco, profundidad de la habitación y reflectancia de superficies. Una ventana alta lleva luz más adentro, especialmente si el techo ayuda a rebotarla. Evita estancias tipo cañón con paredes oscuras que devoran luminancia. Ajusta la relación ventana/superficie de suelo con criterio, evalúa el factor de luz diurna, y recuerda que una apertura bien ubicada vale más que varias mal pensadas.
El color no es solo estética: su índice de reflectancia de la luz define cuánta claridad se conserva. Techos con alta reflectancia multiplican la profundidad luminosa; paredes en tonos claros y mates reducen brillos incómodos; suelos ligeramente cálidos ofrecen equilibrio y evitan frialdad clínica. Introduce acentos más intensos en piezas móviles para mantener flexibilidad. Construye una paleta que potencie la luz entrante, cuide los ojos y dialogue con la textura de materiales naturales como madera y piedra.
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